sábado, 31 de enero de 2015

La historia de Sergio, 5.



Félix se llevó a Cris a su habitación, sin molestarse en cerrar las puertas.
Podía oírles perfectamente. Podía imaginar lo que estaban haciendo solo con oírles.
Cris se quejaba que le hacía daño, con unos ahogados gemidos y unos “ayayay” bajitos, para de pronto dejar paso a unos “así así” y también “déjala dentro”, y luego “más rápido, sí, sí, fóllame así, fóllame!”. Los ruidos del somier, de sus cuerpos, los gemidos, invadían mi mente y llenaban todos los rincones de la casa.
Mi verga estaba dura de oírla a ella, pero a la vez me invadían oleadas de furia contra mí mismo por estar ahí en el sofá presenciando aquello. Era yo el que tenía que estar ahí.
No sólo había furia. Creo que me comían los celos. Celos! A los cincuenta y pico volvía a padecer todo aquello que con la edad pensaba que ya había superado. Furioso y ridículo.
Tenía tres posibles salidas de aquella situación. Recuerdo bien esas opciones a pesar de mi innegable borrachera:
Una era salir disparado dando un portazo, para dejar bien patente mi indignación, y salir con la cabeza bien alta. Idiota!
Otra era presentarme en el dormitorio, apartar a Félix y follarme a su hija delante de él.
Y la otra seguir meneándomela en el sofá, simulando estar dormido, y esperar a ver si después de Félix ella se iba a su habitación y entonces entraría yo.
De las tres opciones la que menos problemas me traería al día siguiente era la tercera. Las dos primeras opciones tendrían efectos posiblemente devastadores sobre mi negocio, porque al final, entre Félix y yo se enrarecería el ambiente y empezarían las peleas. Félix siempre había sido muy tradicional en sus ideas, un poco conservador, también. No creo que acepte nunca hacer un trío, por ejemplo, y tampoco me reconocerá en la cara que tiene una relación incestuosa con la hija, porque si no, es como si me hubiera mentido,  a mí y a todos, durante toda su vida, acerca de los “valores morales”.
Cavilando así creo que me quedé dormido.
No sabía qué hora era, pero me desperté a media noche sintiendo el calor y el olor del cuerpo delgadito de Cris encima de mí, su boca recorriendo mi barbilla y susurrándome cosas al oído. Medio dormido, con la sensación de estar soñando, inspiré el olor de sus cabellos, de su piel, de su cuerpo. Noté el olor del sexo, del semen, incluso del sudor. Noté la magia de las feromonas activando todos mis resortes del placer, enamorándome.
Noté sus pechitos a través de mi camisa, su pene durito y calentito apretándose contra mis pantalones. Mis dos manos fueron directamente a sus nalgas. Todo su cuerpo estaba ardiendo. Me rodeó el cuello y trajo sus labios a los míos, y con la lengua recorrió mi boca y volvimos  a regalarnos otro de esos maravillosos besos largos y profundos que recordaré toda la vida.
Mis manos la recorrían a ella desde la nuca hasta los muslos, pero me detenía en su agujerito para comprobar cuan apretado estaba, pero las yemas de mis dedos se deslizaban hacia dentro  sin resistencia. Uno, dos, tres, cuatro dedos: el corazón y el índice de mis dos manos haciéndola gemir y haciéndola morderme el labio con su boquita.
-Todavía no, mi amor. – me susurró, apartando mis manos, y seguido, se escabulló hacia abajo, acabó de sacarme la polla fuera del pantalón (porque hacía rato que sus manos estaban metidas en mis pantalones), y se la metió toda en la boca, con glotonería, a lo bestia, hasta la campanilla. La tuvo un rato. Se la acomodaba, como si se la fuera a tragar. A mí eso no me gustaba mucho. Bueno, sí, pero más me gustaba que jugara con mi capullo, con el glande, para ser más finos. Le levanté la cabeza para indicarle dónde debía trabajar.
Obediente, se puso a jugar con mi polla de una manera que ni las mejores actrices porno lo hubieran hecho. Tal maestría con la lengua sólo podía ser fruto de muchas mamadas. No le faltó ni un centímetro por recorrer, chupar, mordisquear. Jugó con mis huevos, me estiraba la piel del escroto, me pasó la lengua hasta por el ano. La luna iluminaba la noche de verano ahí afuera y al contraluz se recortaba el cuerpo de Cris como un mar de curvas sinuosas.
Al contraluz vi su cabecita de pelos revueltos emerger de mi entrepierna para tomarse un respiro y al contraluz vi como mi verga mojada salía de su boca y entre ellas una fina cuerda de saliva transparente se descolgaba lentamente.

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