domingo, 25 de enero de 2015

Carta de un lector, o la historia de Sergio. (y III)


Aquel primer dia de Cris lo recuerdo perfectamente. Donde tengo alguna laguna temporal es en los días posteriores, sobre todo en la primera semana, porque fueron un montón de situaciones a cual más morbosa, y no sabría situarlas una a continuación de la otra exactamente. Lo que sí recuerdo es que tuve que inventar alguna excusa convincente para pasarme por casa de Félix. Normalmente nos veíamos en el puerto pesquero y no solíamos ir a casa del otro salvo los fines de semana que Félix acostumbraba a venir a casa para hacer un vermú. Ahora que lo pienso, ¿no será el vermú de los sábados una excusa para ver a mi mujer? Mmmm... a ver si voy a ser yo el cornudo? Bueno, y qué. Si mi mujer es feliz zumbándose a mi socio... La verdad es que me importa un carajo. Últimamente a "la gorda" no le hago ni puto caso, así que bienvenida sea una ayudita, ¿no?
El caso es que esos primeros días no salíamos a pescar, lo dedicábamos al mantenimiento del casco y los aperos de pesca, en el muelle, así que nos pasábamos el día de arriba a abajo comprando cosas en la ferretería, la casa de pinturas, el hipermercado, en fin. Para todo usamos la furgoneta de la empresa, una Citroën Berlingo a la que le habíamos tenido que volver a poner los asientos de atrás para ir a buscar a Cris a la estación. Félix y yo habíamos quedado que él tendría la furgoneta por si tenía que llevar a Cris a cualquier parte.
Me presenté en su casa más temprano que de costumbre. Mi primo hacía cara de dormido.
-¿Qué haces tan temprano, macho? ¿Te caíste de la cama?
-Tenemos que ir a buscar el cabrestante reparado. Habrá que sacar el asiento trasero, ¿no?
-Ah, vale. Pasa. ¿Un café?
-Claro.
La puerta del cuarto de Cris estaba cerrada. Seguí a Félix a la cocina. Encendió la cafetera y sacó el azúcar, la leche y una taza.
-Ya sabes cómo va. –dijo señalando la cafetera. -Voy a ducharme.
Fue irse Félix y al segundo y medio salió Cris de su dormitorio, como si estuviese esperando detrás de la puerta. Vino a la cocina vestida únicamente con una camiseta de tirantes celeste, muy ligera, casi transparente, que le tapaba apenas las braguitas. Debajo llevaba unas braguitas blancas con estampado de flores o estrellas rojas, un borde rojo y un lazo blanco, y en los pies unos calcetines gruesos, de dormir, de color rosa y topos blancos. el pelo revuelto, tapándole media cara.
-Hola tío Sergio. -me dijo, rodeándome el cuello con sus brazos y dándome un beso en la mejilla, pero muy cerca de mi boca.
Yo la sujeté de la cintura y la cadera, y respondí a su beso dándole otro a ella, también cerca de su boca, y en  lugar de separarnos enseguida, la apreté contra mí suavemente, sintiendo sus pezones puntiagudos en mi pecho, para decirle al oído:
-Has dormido bien?
Ella me siguió el juego: apretó su vientre contra mí y adelantó una pierna para rozar la mía, y me dijo:
-No. Estoy muy solita. Me gusta jugar un poquito antes de dormir...
-Eso será complicado. Tendremos que jugar en otro lugar y momento, ¿no crees?
Mis manos estaban ya dentro de sus braguitas. Nuestras bocas se tocaban al hablar. Toqué su miembro duro. Apreté suavemente en la base. Tenía la piel muy suave y tierna. Se notaban también las puntitas depiladas del vello púbico. Ella daba pequeños gemidos cuando mis dedos jugaban en su entrepierna. El roce de nuestros labios dió paso a ligeros mordiscos, y nuestras lenguas se tocaban.
En ese momento oímos la puerta del baño cerrarse. Nos separamos como empujados por un resorte. Recuerdo que me dio un subidón de adrenalina, y se me dispararon los latidos. Me serví el café temblando casi. Cris se dio la vuelta para coger un vaso de agua. Los dos estábamos escondiendo nuestra excitación bajo el mármol de la cocina, y los dos miramos hacia el pasillo, esperando ver a Félix, pero no fue así. Félix había entrado en el baño, no salido. Seguramente donde había ido antes era a su habitación. La situación de incerteza (de si nos había visto o no) me preocupaba bastante. Habría que extremar las precauciones, pues. La conclusión es que tendría que retomar la estrategia de la distancia.

Mientras yo cavilaba de esa manera, Cris parecía tener mucho menos miedo que yo. Claro que ella no tenía tanto que perder como yo, si nos pillaran haciendo marranadas. La estrategia de la distancia se distanciaba otra vez, pero no por mi voluntad. Cris me siguió hasta el patio trasero, donde yo había salido a tomar el aire. Se quedó en el marco de la puerta de la cocina. En ese sitio Félix no la podría ver hasta llegar a la cocina, en cambio ella podía controlar la puerta del pasillo a través del ventanal del comedor que daba al patio, solo adelantando un poco la cabeza. Yo sí que quedaba más expuesto, porque Félix me vería a través de la ventana nada más salir del baño.
Ella se levantó la camiseta hasta el cuello y empezó a tocarse los pezones, haciendo círculos con los dedos y pellizcándolos. Yo tenía la taza en una mano y la otra en el bolsillo del pantalón, acomodándome la polla. La miraba, como ayer, imaginando que era yo el que la tocaba.
Se dio la vuelta. Se agachó mirando hacia el comedor y se bajó las braguitas hasta los tobillos. Su culo redondito, marcado por el "tan line" (de un bikini que me gustaría vérselo puesto) lo movía de un lado al otro, mientras con las manos separaba las nalgas, enseñándome el agujerito precioso,  e invitándome a tocarlo.
Me acerqué hasta ella todavía con la taza en la mano. Metí el canto de la mano en su rajita. Ella subía un cachete mientras bajaba el otro, haciendo un sándwich con mi mano. Yo iba controlando la puerta del baño de vez en cuando. Ella me apartó la mano y se apretó contra mi bragueta. Encontró el bulto de mi sexo y cuando lo tuvo entre sus nalgas hizo lo mismo que con mi mano. Menuda putita estaba hecha mi sobrinita y cómo le gusta el riesgo. Esa misma situación sería muy diferente si no hubiera la posibilidad que Félix nos pillara nada más salir del baño. Me arriesgué un poquito más y dejé de vigilar la puerta del comedor para  intentar besar a la angelical criatura que tenía delante. Toqué esas tetitas puntiagudas rodeándolas con mis dedos y apretándolas una contra otra. Le besé el cuello y con la lengua lo recorrí hasta la oreja y la deslicé por la cara hasta encontrar sus labios. Y cuando nuestras bocas se encontraron ella suspiró fuerte, como si ese beso fuese algo que estaba esperando ansiosa, un “mhh” que me sonó tan femenino y sexual, que aumentó mi deseo (¿aún más?) y quedó grabado entre mis escenas favoritas y recurrentes. Tanto que cada vez que tengo ese recuerdo me pongo duro. El beso por supuesto fue supremo, pero lo que diferencia ese primer beso de todos los que nos hemos dado, fue la pasión, el ardor que contenía. Puedo recordar el sabor de su saliva. Dios. Creo que fue en ese momento que me enamoré de ella.


Fide, tengo más, pero tengo que ordenarlo y transcribirlo, y ahora no puedo. Prometo seguir mañana. Oye, todavía no he visto dibujos. Venga,  a qué esperas, nene??

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